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¿Qué pasaba en Cartagena hace cien años?- 8 de abril 1919; Croniquillas. La que siempre se ríe.

Lunes 8 Abril 2019  |  Visto: 154 veces



¿Qué pasaba en Cartagena hace cien años?- 8 de abril 1919; Croniquillas. La que siempre se ríe.

 

Hemos estado largo rato frente a las cuartillas, un poco abstraídos en la graciosa visión que nos atormenta esta tarde: porque todas las tardes, como ya estamos en primavera, llega hasta nosotros el recuerdo de un monigote femenino que vive con nosotros la muerte sin muerte de los días pasados y llenos de una odiosa vulgaridad.

Hoy. Ha sido la nena que siempre se ríe. Vosotros la habréis visto por el cine y por los paseos, sobre todo por los paseos. Es gentil, y tiene en el rostro sabor de gitanería, la boca ni muy roja ni muy fina, el pelo negro ¡cómo no! no lleva en su voz el encanto de una campana de oro en la tarde, pero nos labra, una cara digna de copla anda luna.

Cierta vez se nos ocurrió pasear por las calles alegres de la ciudad—nosotros llamamos calles alegres a esas donde hay chiquillos que chillan en el arroyo, hay trapos y macetas en los balcones, hay mujercitas que se aburren y esperan y hay comadres que atisban curiosas al transeúnte— y la vimos a ella en el balcón, rodeada de flores como en una hornacina, con su diminuto cesto de labor.

Después la hemos observado, porque se nota en ella la particularidad de que siempre se está riendo, pero con una risa aristocrática, lo único aristocrático entre su majeza. Majeza, si, majeza; dígalo el pollo “bien” que uno de los días de Carnaval en el baile fue despreciado, discretamente depreciado, por la señorita.

Aquello, solamente aquello ya la hizo merecer ante nuestros ojos todos los lirios de la poesía. El pollito irresistible por la fanfarria de su rostro rasurado, recibió la negativa desoladísimo y se fue a un rincón del foyer a beber y madurar la cándida aventura de una conquista fácil.

Cuando la vimos aquella tarde sonriendo, mirándonos con sus opa enormes en los que hay un chispazo de burla, bajo la gloria de su cara morena, nosotros sentimos el dardo de esa su mirada de azar, la más triste que hay—clavarse en la molla roja del corazón.

Hace una tarde deliciosa, a lo novela de Alfonso Karr, y nos da pena el encierro. Vamos en busca de Sol, de un poco de sabía que nos conforte, de la risa casi cotidiana que ella tiene para nuestra probetica persona, y creemos que en la tarde maravillosa de hoy su risa nos va a llegar como una bendición de Dios...

Jiménez de Letang.


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